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Onda Latina

quarta
12.Ago 2020
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Truman Capote y Alberto Fuguet: entre novelas y periodismo PDF Imprimir E-mail
Escrito por John O’Kuinghttons   
12-Nov-2008

follow link Breve nota sobre en.sirekeko.tk Tinta Roja, de Alberto Fuguet

tinta_roja.jpgAlberto Fuguet se ha destacado en la reciente narrativa chilena como un escritor  de aplauso juvenil. Sus aciertos descansan en el uso hegemónico de cierto dialecto y en el retrato sumario de una sociedad embriagada por el consumo y la indiferencia política. Fuguet se formó en periodismo, ha emprendido guiones para cine, cuentos y novelas. Algunos de sus trabajos han sido filmados y recientemente ha dirigido su primer largo-metraje, riacadiwanlimet.ga Se arrienda, una intimista y dialogable composición versada sobre los cambios que han traspasado a la sociedad chilena desde el fin de la dictadura.

Tinta Roja enter es una buena novela escrita desde un joven periodista que inicia su pasantía en un diario de baja estofa, El Clamor, un tabloide especializado en noticiar crímenes con un lenguaje deliberadamente alimentado de remilgos. Alfonso Fernández, el protagonista, debe aprender no solo el estilo que impone la editorial sino también una manera alternativa de ver la vida. Le enseñan que debe asumir la muerte ajena como un asunto y que el morbo es la mejor mercancía que se puede traficar. Fuguet intercala descripciones de fechorías con la revelación paulatina de los líos afectivos de su protagonista, un hombre atormentado por la falta de pareja y por la distancia de un hijo que nació por accidente.

La prosa de Fuguet no es inmejorable, pero atesora el atributo de su ritmo. Tinta Roja  se deja leer de un solo y no extenso aliento. La historia seduce y por sobre todas las cosas, entretiene, lo cual es en sí un mérito de las buenas narraciones.

El dialecto de la escritura no es episódico, y no llega a empecer la comprensión en el lector menos habituado. El aval del contexto y de la imaginación superan fácilmente esta probable dificultad. 

https://menswahrremeanistcong.tk Las últimas líneas de A sangre fría

Truman Capote habría sido una figura muy cotizada por el vigor creciente que la farándula ha estipulado en nuestra actualidad. No fue un hombre probable: la voz infantilizada, el amaneramiento, la cascada verbal, la cultura y el talento lo eximieron de ser un hombre común. Menos probable y común es su obra capital.

La novela como género ha conocido expansivos y abigarrados apellidos: novela católica, policial, sicológica, social, de protesta, intelectual, de bolsillo... La lista se propala con variantes que reclaman la conveniencia de las subvariantes. Los cambios operados en la forma de novelar del siglo XX legaron la dificultad y la fascinación por encasillar y delimitar el género. Cela lo abrevió en esta suerte de aforismo Novela es todo lo que en su portada dice Novela.

El comentado relato de Capote exhibe se expandir hacia los lindes visibles de la clasificación literaria. A Sangre fría no es, o no fue, una novela convencional. Es también un examen social, sicológico y judicial. Cuando leyó la noticia del crimen perpetrado en una ignorada localidad de Kansas, Capote concibió la idea de narrarlo. A medida que se inmiscuía en sus pormenores, reparó que había profundas implicaciones sobre el comportamiento de los criminales y de la sociedad civil que los enjuiciaba. Trabó contacto con los asesinos, y, de un modo que diríamos imprevisible, llegó a emocionarse con la historia de Perry Smith, el principal malefactor.

El hecho histórico se resume así: El 16 de noviembre de 1957, un día después del crimen, los diarios noticiaron que los cuatro miembros de la familia Clutter habían sido asesinados. La policía ofreció una llamativa recompensa por informaciones que ayudaran en la pericia. La oferta se propaló hasta la celda de Floyd Wells, quien declaró que cierta vez le confió a Dick, uno de los asesinos, que los Clutter poseían una caja fuerte con una pequeña fortuna. Perry y Smith rastrearon vanamente la casa por la cuantía fantasma. La furia del fracasó aparejó el cuádruple homicidio. La noticia repercutió por la abyección del acto y por la imposibilidad de explicarlo. Los Clutter conformaban una familia virtuosa y respetada en un pueblo pacato donde nadie se desconocía.

Capote documentó las circunstancias pero también entró en la infancia de Perry, hijo de padres que lo agredieron y renegaron. Esta condolencia lo obligó a retraer su propia y amarga crianza.

Entre concepción y clausura, Capote invirtió seis años en la edificación de su relato. La prolongada experiencia dejó huellas: no conoció dos veces el mismo éxito.

Al leer A sangre fría  se presienten la perturbación de Capote. El patíbulo tardó cinco años para los asesinos. Al cierre del lustro, Capote debió padecer de algo muy próximo al alivio, al dolor y al desconcierto. Se presiente que la atroz realidad que describió acabó abrumándolo de tal forma que necesitó un desahogo, un respiro, un remanso. Lo encontró en la simple contemplación. Las dos últimas líneas de su novela superan la felonía del crimen y miran al entorno: Se fue hacia los árboles, de vuelta a casa, dejando tras de sí el ancho cielo, el susurro de las voces del viento en el trigo encorvado.

Es probable que en ese efímero y residual momento, Capote haya advertido por primera vez los signos de la naturaleza que lo cercaban.

Atualizado em ( 12-Nov-2008 )
 
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