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Onda Latina

sexta
14.Ago 2020
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Dos traducciones de Beowulf PDF Imprimir E-mail
Escrito por John O’Kuinghttons   
11-Mai-2008
  

Cuando Borges publicó Literaturas Germánicas Medievales (1966) calificó de casi desconocido y remoto el material que se proponía examinar. Agregó luego que el lector de esas literaturas era más bien improbable. Añadió después que las hazañas y mucho de la creación escandinava han ocurrido para el resto del mundo como si en verdad nunca hubieran sido. Con estas preliminares advirtamos que nuestro ámbito hispano conoce poco, y aun de forma errática y ocasional, la rica y compleja literatura que concibió el  norte antiguo. Cierto es que no es caudaloso ni demasiado accesible el volumen de versiones castellanas de estas obras. Existen profusas y bien comentadas ediciones en inglés y  en otras lenguas germánicas de las sagas de Islandia y de la poesía escrita en anglosajón, como es el caso del Beowulf. De este, el lector hispano dispone al menos de dos versiones que desvelan una instigadora ausencia de símil. A lo que parece, la diferencia obedece a dos convicciones previas de entender el proceso de traducción.

Bien se sabe que verter una obra a otra lengua compromete experiencias que pueden llegar a ser diametrales. En un extremo deparamos con la llamada traducción literal, que incurre en la ingenuidad de presumir que un texto puede tener un correlato gemelo en otro idioma. En la antípoda de este ejercicio se sitúa la traducción libre, que rehace el original y sella el estilo del propio traductor. La mayor parte de las traducciones literarias toma la cautela de matizar estas esquinas.  

Prologuemos algunos comentarios sobre Beowulf. Pese a la falta de consenso, se cree que la obra  fue escrita en el promedio del siglo VIII por algún monje o algún laico que ciertamente no ignoraba las letras. El poema nos ha llegado por la venturosa consecuencia de que en ese antaño los textos se transcribían como auxilio de la memoria y no por el fin en sí de redactarlos. No se trata de un texto rústico y fue compuesto en ese latín del norte (descontada la prevalencia del islandés) que es el anglosajón, el idioma que preparó el inglés actual. Aquí conviene notar que ese parentesco lingüístico es mucho más distante que el que guarda el español con la lengua latina. El pueblo de la Englaland profesaba un idioma más afín al alemán o al holandés actuales. Era una lengua generosa de declinaciones y flexiones que desde su amanecer se ejercitó entre la plebe, en contraste con el francés cortesano que impuso la victoria de Guillermo el Conquistador. Esta  identificación popular no ha dejado de sentirse en la lengua de hoy. El inglés relega los vocablos latinos al convenio formal, mientras cede los germánicos al coloquio, menos silábicos y más económicos que los de fuente romana. Quizás por prurito histórico, los estudiosos han llamado a esta remota lengua Old English. Pero esta designación vela una inexactitud, pues si nos atenemos al criterio fundacional sería lícito afirmar  que el latín es un Antiguo español, un Antiguo rumano o un Antiguo portugués, denominaciones que ciertamente disuenan de nuestros hábitos debido a la palmaria lejanía de la fuente. No es el caso ahondar en esta digresión terminológica. Baste decir que el anglosajón nos ha llegado como ilustre evidencia de lo que fue la identidad común de los germanos occidentales. Este épico ha sido clasificado como la más antigua epopeya de Inglaterra y se le ha conferido la misma representatividad nacional que guardan el Kalevala para Finlandia o el Nibelungenlied para Alemania. G.T.Shepherd (1984:85) comenta que aún se discute si Beowulf es una composición germánica o inglesa. Señalemos antes que decir inglés ya supone decir germánico. Beowulf  no es una impronta exclusiva del pueblo de la primitiva Inglaterra. Ello por dos motivos centrales: el idioma y su tema, que es entera y explícitamente escandinavo. El poeta que lo escribió no debió pensar que trasuntaba un alma nacional; debió prever, en cambio, que en él relucía no un país sino una cultura. La circunstancia territorial en que Beowulf fue escrito no le imprime exclusividad sanguínea. 

La historia se concentra en el personaje que bautiza la obra, un héroe gauta que arriba a la corte danesa para salvar al pueblo del acoso de un monstruo llamado Grendel. El héroe los mata a él y a su a su madre en las profundidades de un pantano. Años después, Beowulf es investido como rey de los gautas y como tal liquida a un dragón que asola el reino. Fruto de la reyerta, Beowulf muere. A esta económica síntesis hay que añadir episodios como los  consejos del rey Ródgar a Beowulf, el enfrentamiento de gautas y suecos, el desprecio de Wiglaf contra los once vasallos de Beowulf, entre otros. No se puede no concluir que el héroe es sobre humano: vence portentosas criaturas de Caín con recursos exiguos, inerme incluso cuando lidia con Grendel. Esta condición aventajada quizás permita justificar la absoluta e incomprensible inoperancia de daneses y gautas para enfrentar las criaturas que los dilaceran. En el poema no se hace nunca referencia a tácticas de defensa contra los energúmenos ni se arguyen motivos para razonar sobre esta abulia. Estas omisiones animan dos sospechas sobre la intención del poeta: que cometió un ostentoso descuido de verosimilitud; que premeditó esas conductas para refulgir y aumentar la voluntariosa estatura del héroe.

En lo formal, el poema adhiere a los patrones de la antigua poesía germánica: versos de metro irregular divididos en dos, con aliteraciones distribuidas en ambos hemistiquios de acuerdo al esquema de dos sílabas acentuadas en cada mitad separadas por dos sílabas intermedias. Esta distribución aliterada regalaba al oído con un ritmo que no ha mermado en el inglés actual. Si no, véase esta línea de Lewis Carrol: Humpty Dumpty sat on the wall; Humpty Dumpty had a great fall.  La segunda mitad (de los hemistiquios), informa Shepherd, es más prominente que la primera. Es en la segunda escisión del verso que el pensamiento se desarrolla. La primera sirve normalmente para enfatizar, modificar o cualificar pensamientos sin desenvolverlos. Estas características no suelen ser fácilmente reproducibles en la traducción.

Es dable suponer que cuando un escritor opta por la prosa o el verso lo hace por imperativos de estilo o  por una determinada forma de intuir el ejercicio del arte. No son pocos ni desconocidos los casos de narrativas que se han urdido por la vía del verso: El Don Juan de Byron, Paradise Lost, La Araucana, El Martín Fierro. Existe asimismo un no limitado correlato de expresiones poéticas resueltas en prosa que comprenden operaciones tan distantes como los furiosos devaneos de Rimbaud y la acaso exasperante y espiralada verborrea de Novalis. La disyuntiva de prosa o verso debió ser una de las primeras de las muchas decisiones con que se depararon Lerate y Borges al emprender la traducción del Beowulf. Para empezar el cotejo, revisemos qué dijeron ambos autores sobre  su empresa.

Borges no se ocupó del poema entero, sino de un episodio inicial, que habla de las exequias de un legendario rey danés. Declaró que la intención de su opúsculo Breve antología anglosajona no era otro  que el de ser un pre gusto para la lectura integral de los originales. Asimismo, destacó que su ejecución en prosa pretendía ser literal. No es en absoluto improbable sospechar que esta deliberada opción responda a su aprecio por la antigua narrativa germánica, a la que en más de una ocasión cualificó de señera. Lerate (BEOWULF, 1974:17), en cambio, se adscribe al verso, tratando de imitar, como él mismo confiesa, el ritmo de origen mediante la preservación de los hemistiquios, con una distribución sostenida de sílabas átonas y tónicas.

A poco andar la lectura, se advierte que Borges se tomó algunas licencias de las que Lerate se resguarda. La más visible es el empleo de la tercera persona. El poema está narrado en primera (ic: yo). Esta inescondida preferencia debió ser una forma de conciliar la obra con la narrativa medieval islandesa, que Borges estudió desde  la remota lectura de la saga de Njal. Borges entendía las sagas como una demostración de arte mayor, como el testimonio infértil del nacimiento de la novela, pues su influencia no prosperó. En un pasaje (Borges, 1991:934) afirmó que estas narraciones respondían a crónicas objetivas de los acontecimientos, lo que imponía una redacción de tipo impersonal. Este artificio de escatimar el yo  puede aventurarse  mediante al menos dos conocidos recursos de estilo: la elusión programada de adjetivos y el manejo de la tercera persona. Estas variables no garantizan la objetividad, pero propenden a ella, como lo atestiguan los versos 38, 39 y 40, que Lerate (BEOWULF, 1974:27) traduce como

No sé de otra nave que aquí se equipara con armas de guerra, espadas, arneses y cotas de malla... 

y que Borges (1991:789) concibe de este modo:

No hay fama de otra nave  tan airosa exornada de armas de muerte. De vestiduras de guerra, de espadas y corazas.

En estas líneas, además de la distancia signada por la tercera persona, deparamos con la expresión no hay fama, muy representativa de su estilo.

Como ya apuntamos, el fragmento que ahora cotejamos habla de las exequias de un rey. La ceremonia descrita acopia los elementos propios del ritual de ofrendar al mar el cuerpo de los caudillos a bordo de una nave pertechada de bienes. La imagen que asocia la muerte a una nave conoce distintas variaciones en la mitología. Una muy célebre es la leyenda irlandesa de Bran, un héroe que tras un sueño emprende um periplo a las islas mágicas y que al retornar al hogar nadie lo recuerda, pues en verdad está muerto. (Antonio Machado se ha valido de esta imagen marina en el verso Y cuando esté al partir la nave que no ha de tornar...). En Beowulf, las exequias reales acreditan que las prácticas paganas todavía pervivían en la memoria del siglo VII. Los trazos cristianos suelen ser accidentales e irrelevantes para los hechos, nunca se insiste en ellos, se los siente más como una obligación que una declaración de fe. No asistimos a laudaciones al perdón eterno ni reverencia a los dogmas. El autor parece mirar más bien a un tímido tipo de sincretismo. Lerate  (BEOWULF, 1974: 25) describe la muerte del rey así:

Su hora le vino al intrépido Skild / al encuentro marchó del Señor de la Gloria.

 Borges (1991:789) prefiere:

En la hora de su destino, Scyld, fuerte aún, buscó el amparo de su Señor.

 Lerate se mune de una expresión tradicional del español para referir la muerte: "llegar la hora / venir la hora" . Al interrogar el original, constatamos que el verso trece no omite el nombre de Dios (God) (BEOWULF, 1974:24).  En lugar de traducirlo, Lerate lo recrea con cierto ornato con la mención Señor de la Gloria, nómine que bien mirado se asemeja a una kenning, aquella metáfora tan cara a la artesanía de la antigua poesía del norte. Borges elude el artificio metafórico (las kenningar le despertaban una curiosidad de fascinado desdén) pero lo insinúa hacia el final del fragmento, cuando para hablar del rey lo llama Guerrero Armado de Lanza.  Pese a la apariencia, esta alusión no cumple con una kenning, pues se abstiene del requisito de la analogía. Guerrero Armado de Lanza  no es otra cosa que un guerrero armado de lanza, para el caso, un guerrero egregio como el rey. Lo curioso es que esta pretendida kenning parece una interpolación de Borges, pues Lerate resuelve la designación al monarca con la incurrencia de pronombres (Le dejaron partir,/ lo llevaron las olas...)

Los traductores también discrepan al describir la nave real. Borges la personifica, le atribuye una cierta impaciencia por zarpar. A rigor, esta personificación es una hipálage, pues los impacientes son en verdad los súbditos del monarca. Borges trasunta esa inquietud tan humana a la embarcación. Así, la nave se vincula al rey no solo en su nacimiento sino también en su muerte. Lerate (BEOWULF,  1974: 27) revive el verso 43 de esta forma:

De rico tesoro dotaron al rey: / en nada peor al que un día a su lado / pusieron aquellos que, solo en el barco, / siendo muy niño, lo dieron al mar.

 El correlato borgeano (BORGES, 1991:789) dice:

No lo abastecieron con menos esplendor, con menos riqueza, que las que en el principio lo rodearon cuando era niño.

 Lerate deja suponer que el tesoro le fue ofrendado al rey por lo mismos que lo llevaron al mar, información ausente en la prosa de Borges. La asociación del rey con el barco en los polos de su vida es índice del aprecio e identificación que ese pueblo devotaba al mar.

Sobre la transcripción del estilo, no creo precipitado afirmar que con el verso Lerate reproduce el ritmo de la poesía que traslada. Recordemos que el verso germánico  se organizaba en mitades de medida  irregular, con sílabas programadamente acentuadas. Lerate suele separar estas unidades marcadas con un hiato de dos sílabas átonas. El efecto es este:

En follow link tonces un enter hijo  le https://menswahrremeanistcong.tk vino a na en.sirekeko.tk cer / Here riacadiwanlimet.ga dero en pa lacio. Enviábalo Dios / En alivio del pueblo:  Él sabía su aprieto / De tiempos atrás, cuando muchos sufrieron  (vv. 12-15). (BEOWULF, 1974::25)

 Esta regularidad le confiere a la traducción de Lerate una expresión muy arcaica. A pesar de lo disímil, la traducción borgiana no lo es menos. Al elegir la prosa, Borges debió escudriñar un recurso que le imprimiese al texto el sabor de antaño al que se refiere en el exordio de su obra. Lo encontró en la frase larga y en la intercalación, como lo atestigua esta frase inaugural:

En la hora de su destino, Scyld, fuerte aún, buscó el amparo de su Señor. (BORGES, 1991:789)

Los poetas germanos no celebraban la rima, que reemplazaron por el verso aliterado. La literatura posterior no ha olvidado esta simpatía inicial. John Milton escribió: : Ere half may days in this dark world and wide,  hospitalidad que Emiliy Brontë revivió en: reckless of the lives wasting there away.  A pesar de lo prescriptivo de la aliteración, este recurso no parece haber sido preocupación central de los traductores. En ciertos pasajes se deja oír la persistencia de la sibilante (ya estaba dispuesto), pero esto quizás se deba más bien a la regularidad de ese sonido en el idioma que a un artificio premeditado. Existe, empero, un pasaje (vv. 38-40) que ambos autores decidieron expresamente aliterar: Mientras Lerate (BEOWULF, 1974:27) escribe

No sé de otra nave que aquí se equipara / Con armas de guerra,   espadas, arneses / Y cotas de malla;   repleta quedó,

Borges (1991:789) ensaya

No hay fama de otra nave tan airosa exornada de armas de muerte, de vestiduras de guerra, de espadas y corazas.

 En estos pasajes la vibrante se anuncia como un sonido áspero, casi como un gruñido. Su repetición conviene mucho al contenido del verso, que retrata aperos de guerra. Vale observar que la propia palabra guerra resuena a beligerancia y que su origen es precisamente germano.

Concluyamos, pues, aun cuando define que su experiencia es literal, Borges osa más que Lerate. Lo evidencia su opción por la prosa, el uso de alguna expresión de su estilo y la interpolación de alusión indirecta que lo entronca con la factura poética de los escaldos. A pesar de no imitar el verso germánico, la  prosa de Borges contiene el ritmo de la épica antigua por la extensión frasal y la intercalación. Su texto se amista con el tono de la declamación, tono que debió dominar en el siglo VII si se toma en cuenta que esta poesía, como la obra de Shakespare, no emergió para un lector sino para una audiencia, y que su redacción no ocurrió como expresión literaria sino como un  sucedáneo de la memoria. Por su parte, al ejercitar el verso, Lerate nos acerca de manera más fiel a lo que los sajones debieron oír.  Animado por una síntesis, llego a esta conclusión, que nació como sospecha pero que debía constatarse para poder escapar del perogrullo: la traducción de Lerate es la obra de un traductor; la de Borges, la de un escritor, de un escritor que no pactúa con sus preferencias de estilo.

A modo de  corolario, digamos cuánto vale esperar que la obra de Snorri Sturlusson, de Saxo Gramático, y el generoso acervo de anónimos de la materia germánica abandonen su extraño puesto de célebres desconocidos. Las traducciones que hemos revisado pueden en mucho ayudar a superar este vacío que ya va tomando visos de legendario.

John O'Kuinghttons

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Varios textos dieron base a mis comentarios. Cito los tres más relevantes:

BEOWULF.  Seix Barral, 1974. La traducción es de Luis Lerate. Es bilingüe y reproduce la formalidad ortográfica del anglosajón.

BORGES, Jorge Luis. Obras completas en colaboración. Emecé, 1991. Este grueso volumen hospeda el opúsculo Breve antología anglosajona, que también se lo puede encontrar por separado.

SHEPHERD, G.T. et al. Medieval Literature. Penguin Books, 1984. Es un compendio de ensayos en el que se incluyen dos trabajos sobre la materia que nos ocupó: uno sobre la saga de Njal y otro sobre Beowulf.

John O'Kuinghttons

 
Atualizado em ( 11-Mai-2008 )
 
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